sábado, 11 de abril de 2020

El cromosoma "Y" está disminuyendo y podría dejar de existir en el futuro


Retrocede 166 millones de años hacia atrás. Ese es el período donde las primeras especies de mamíferos aparecieron en la Tierra. Desde ese lejano pasado, los cromosomas SRY determinan el sexo del individuo, siendo XX para las hembras y XY para los machos. Sin embargo, con el correr de los años, los cromosomas X e Y han ido tomando caminos diferentes...

En ese entonces, ambos tenían el mismo tamaño y la misma cantidad de genes. Hoy, la situación es bien distinta: el cromosoma Y es 6 veces menor que el X y lleva 12 veces menos genes. Para la genetista Jenny Marshall Graves, de acuerdo a un estudio publicado en Chromosome Research, la tendencia va hacia la desaparición del cromosoma Y, que dejaría de existir en más o menos 4,6 millones de años.

El cromosoma Y va a desaparecer


Los registros biológicos de los últimos 166 millones de años muestran que el cromosoma Y se ha ido degenerando rápidamente, hasta su separación, por la que las hembras llevan XX y los machos XY. 
La principal hipótesis para el debilitamiento constante del cromosoma Y está en la falla de su formación: al contrario de los demás cromosomas, que tienen 2 copias en cada una de sus células, el cromosoma Y solo tiene 1.

Esta solitaria cadena de genes Y solo se transmite de macho a macho. Es decir, los genes del cromosoma Y no sufren una recombinación genética, como una mezcla de gases de información durante la constitución del individuo.

Al no cruzar o combinar sus genes, el cromosoma Y no se libra de las mutaciones genéticas y se degenera de generación en generación hasta que eventualmente desaparece del genoma.

Una evidencia que refuerza la tesis de Graves es la desaparición del cromosoma Y en otras especies de mamíferos. Ella misma descubrió que la especie de ratones japoneses Tokudaia muenninki no tiene ningún vestigio del cromosoma entre sus ejemplares.

La esperanza de supervivencia de los Y


Pero aún hay esperanza para los cromosomas Y. Es cierto que los genomas de los mamíferos han visto sus Y degeneradas al punto de desaparecer en algunas especies, pero en humanos, según otro estudio científico, la degeneración se habría frenado y llegado a su límite.

Al parecer, durante los últimos 6 millones de años, desde que nuestros ancestros y los chimpancés compartieron el árbol genealógico de los primates, el cromosoma Y se encuentra estable y no pierde genes.

Esto sucede porque el cromosoma Y desenvuelve estructuras más resistentes, llamadas palíndromos (secuencias de ADN que son iguales de atrás haca adelante, como «radar» o «arara»). Esa estructuración protege a los genes y hasta puede recuperar aquellos dañados, como si formatearas una computadora borrando un virus y luego restaurases la máquina con una copia de seguridad.

No más Y, ¿no más hombres? 


Bien, si el cromosoma Y define al sexo masculino, ¿qué pasa si desaparece? Teniendo en cuenta la observación en otras especies, no pasaría nada. O, mejor dicho, habría un reajuste genético necesario en el que la creación del sexo se movería a otro cromosoma, como en los ratones japoneses.

En las especies que han perdido el Y, eso fue lo que sucedió exactamente: otras secuencias de ADN asumieron el rol y aún existen machos y hembras. No se sabe con certeza si la capacidad reproductiva se mantendrá o si la herencia genética de padre a hijo sufrirá consecuencias. Pero, de todos modos, este sería un problema de aquí a más de 4 millones de años.

sábado, 27 de julio de 2019

El hilo peronista que une a Argentina con Senegal | Por Pablo Ayala

La historia del poeta Jean-Fernand Brierre, el embajador hatiano en Buenos Aires que salvó al general Tanco de ser fusilado por la dictadura de Aramburu-Rojas y terminó siendo ministro de Cultura de Senegal y una figura de relevancia tras la independencia de ese país africano.

Hay un hilo que une al Senegal, ese país de África occidental, ex colonia francesa que toma su nombre del río que lo atraviesa, con la Argentina: el poeta haitiano Jean Brierre.

Brierre fue un poeta nacido en Jeremie, Haití, tras la invasión estadounidense y que se crió en el odio al imperialismo. Se sumó al movimiento de la negritud, un colectivo de poetas de inspiración marxista que hacía hincapié en el orgullo negro y las raíces africanas, cuyos mayores referentes eran el cubano Nicolás Guillén y el caribeño de Martinica y figura clave de la revolución argelina Franz Fannon.

Brierre integró este movimiento en París junto al poeta africano Leopold Sedar Senghor.

En 1954 llegó a la Argentina como embajador de su país y en 1956, tras el alzamiento de militares peronistas, salvó al General Raúl Tanco, uno de los jefes de aquella sublevación, al gremialista Efraín García y a 5 suboficiales de ser fusilados por el odio gorila. También a Picha y Canela, los caniches de Perón.

Brierre fue decisivo y solo su coraje y dignidad logró salvarle la vida a aquellos peronistas de la resistencia.

La dictadura de Aramburu y Rojas lo declaró "persona no grata" y el periódico socialista La Vanguardia lo trató de "mono" y lanzó epítetos racistas contra él y su esposa.

Vuelto a Haití, al poco tiempo la dictadura de Papa Doc Duvalier, que se había hecho con el poder, lo encarceló y luego partió al exilio recalando en Senegal, que había logrado su independencia de la mano de su amigo Senghor.

Brierre ocupó allí el cargo de ministro de Cultura y fue tan importante su tarea que el premio mayor de letras senegalés lleva su nombre.

Entrevistado por Rodolfo Walsh en los 60, Brierre dijo que "como descendiente de esclavos no puedo ser otra cosa que peronista".

Hoy los hijos de aquel país que parieron a Senghor, Brierre y otros patriotas africanos emigran buscando una mejor vida, pero los hijos de aquella dictadura que fusiló a Juan José Valle y quiso fusilar a Tanco los apalean en las calles y les quitan sus pocas pertenencias.

Ayer a la noche un grupo de manteros senegaleses fue apaleado y detenido por los esbirros de este gobierno gorila.

Pero afuera, luchando por su libertad estaban ellos, los peronistas, los hijos de aquellos que alguna vez Brierre salvó.

Siempre hay un hilo invisible escribiendo la historia de los pueblos, uniendo siempre a los condenados de la tierra. A los que luchan por su liberación. Siempre.

viernes, 28 de junio de 2019

28 de junio de 1966: GOLPE DE ESTADO CONTRA ARTURO UMBERTO ILLIA

Arturo Illia saliendo de Casa de Gobierno el 28 de junio de 1966

En esa fría mañana, un grupo de oficiales encabezados por Julio R. Alsogaray, Rodolfo Otero y Luis Perlinger se presentaron en el despacho del Presidente constitucional Dr. Arturo Umberto Illia solicitándole que desaloje la Casa de Gobierno a lo que este se negó rotundamente diciendo “El comandante en jefe de las Fuerzas Armadas soy yo” y les dio orden de retirarse de su despacho. Ante esta negativa la Casa Rosada fue rodeada por tropas del ejército y un grupo de policías armados con pistolas lanza gases irrumpió en la oficina del presidente intimándolo a retirarse con la amenaza de que “caso de contrario no se podía garantizar la seguridad de las personas que lo acompañaban”. Ante esta situación el Dr. Illia optó por dejar el lugar y rodeado por sus colaboradores bajó por la escalera hasta la planta baja, cruzó por la entrada y se dirigió a la calle, y como no disponía de vehículo particular porque lo vendió durante su presidencia para pagar los gastos de la enfermedad de su esposa, abandonó el lugar en un taxi que lo llevó hasta la casa de su hermano en el barrio de Martínez. Al día siguiente, bajo la autodenominación “Revolución Argentina”, asume como presidente de facto Juan Carlos Ongania.

El presidente Illia junto a Carlos Humberto Perette, como Vicepresidente, habían sido electos el 7 de julio de 1963 y asumieron el cargo el 12 de octubre de ese mismo año con mandato hasta 1969.

Perón, desde su exilio en Madrid, aplaudió el golpe de estado subrayando que esto era "la única salida para acabar con el régimen corrupto que imperó en Argentina en los últimos tres años".

domingo, 16 de junio de 2019

Cuentos | Padres e hijos: Retrato de un hombre invisible - Paul Auster


1

Mi recuerdo más temprano: su ausencia. Durante los primeros años de mi vida, él se iba a trabajar por la mañana temprano, antes de que yo me despertara, y volvía a casa mucho después de que me acostara. Yo era el niño de mamá y vivía en su órbita. Era como una pequeña luna que giraba alrededor de su gigantesco orbe, una mota en la esfera de su gravedad, y controlaba las mareas, el clima y las fuerzas del sentimiento. Su muletilla era: «No estés siempre pendiente de él, lo malcriarás.» Pero yo no tenía buena salud y mi madre se excusaba en ese hecho para justificar la atención que me prodigaba. Pasábamos mucho tiempo juntos, ella con su soledad, yo con mis dolores, aguardando pacientemente en los consultorios médicos a que alguien controlara la insurrección permanente que bullía en mi estómago. Incluso entonces, yo me aferraba con desesperación a aquellos médicos, esperando que me cogieran en brazos.

Por lo visto, buscaba a mi padre desde el comienzo, buscaba con ansiedad a alguien que se pareciera a él.

Recuerdos más próximos: un anhelo. Con la mente siempre dispuesta a negar los hechos ante la más mínima excusa, seguí buscando con obstinación algo que nadie me daba, o que me daban tan rara vez y de forma tan arbitraria que parecía suceder fuera del ámbito de la experiencia cotidiana, en un lugar donde nunca sería capaz de vivir más que durante unos pocos instantes. No es que sintiera que le disgustaba; sólo parecía distraído, incapaz de mirar en mi dirección. Y por sobre todas las cosas, yo quería que notara mi presencia.

Cualquier cosa, hasta la menor nimiedad, era suficiente. Por ejemplo, un domingo que fuimos a un restaurante, lo encontramos lleno y tuvimos que esperar que se desocupara una mesa. Mi padre me llevó afuera, sacó una pelota de tenis (¿de dónde?), puso una moneda en la acera y comenzó a jugar conmigo a golpear la moneda con la pelota de tenis. Yo no tendría más de ocho o nueve años.

2

Recuerdo un día muy parecido a hoy. Un domingo lluvioso; letargo y quietud en la casa: el mundo a media marcha. Mi padre estaba durmiendo la siesta o acababa de despertar y por alguna razón yo estaba en la cama con él, los dos solos en la habitación.

—Cuéntame un cuento.

Es probable que comenzara así. Y como no tenía nada que hacer y estaba medio somnoliento en la languidez de la tarde, hizo exactamente lo que le pedía y se enfrascó en el relato de un cuento sin perder detalle. Lo recuerdo con tal claridad que parece que acabara de salir de aquella habitación, con su luz grisácea y la maraña de mantas sobre la cama, como si con sólo cerrar los ojos pudiera volver allí cuando quisiera.

Me habló de sus supuestos días en Sudamérica. Fue un relato de aventuras, lleno de peligros mortales, huidas arriesgadas e increíbles cambios de fortuna: cómo se abrió camino entre la selva con un machete, luchó contra bandidos sin más armas que sus propias manos y disparó contra su burro cuando éste se quebró la pata. Su lenguaje era florido y complicado, tal vez una reminiscencia de los libros que había leído en su infancia. Pero fue precisamente ese estilo literario lo que me deslumbró; pues no sólo me contaba hechos desconocidos de su vida, revelándome cómo había sido su mundo en un pasado distante, sino que lo hacía con palabras extrañas. El lenguaje era tan importante como la historia; formaba parte de ella y, en cierto modo, eran inseparables. Su propia extravagancia era una prueba de su autenticidad.

En ningún momento se me ocurrió pensar que podría tratarse de una historia inventada. Hasta muchos años después seguí creyendo en su veracidad. Incluso cuando había pasado la edad de creer en esas cosas, seguía pensando que podía haber algo de verdad en ella. Me daba algo con lo que aferrarme a mi padre y no estaba dispuesto a dejarlo escapar. Por fin encontraba una explicación para sus misteriosas evasiones, para su indiferencia hacia mí. Era un personaje romántico, un hombre con un pasado oscuro y emocionante y su vida actual era sólo una especie de parada, una forma de resistir hasta su próxima aventura. Estaba trazando un plan, intentando averiguar cómo recuperar el oro que yacía escondido en el corazón de los Andes.

3

Solitario, pero no en el sentido de estar solo. No solitario como Thoreau, por ejemplo, que se exiliaba en sí mismo para descubrir quién era; ni solitario como Jonás, que rogaba por su salvación en el vientre de la ballena. Soledad como forma de retirada, para no tener que enfrentarse a sí mismo, para que nadie más lo descubriera.

Hablar con él era una experiencia agotadora. O bien se mostraba ausente, como solía ocurrir, o irrumpía en una insegura jocosidad, que no constituía más que otra forma de ausencia. Era como intentar hacerse comprender por un viejo senil. Uno hablaba y no obtenía respuesta, o la respuesta no era la apropiada y dejaba entrever que no había seguido el curso de la conversación. Durante los últimos años, cada vez que hablaba con él por teléfono me encontraba a mí mismo hablando más de lo que tengo por costumbre, me volvía agresivamente locuaz y no paraba de charlar, en un inútil intento por llamar su atención, por provocar una respuesta.

No fumaba ni bebía. No demostraba hambre por los placeres sensuales ni sed por los intelectuales. Los libros lo aburrían, y eran muy raras las películas u obras de teatro que no le dieran sueño. Incluso cuando asistía a fiestas era evidente que hacía grandes esfuerzos por mantener los ojos abiertos. Casi siempre acababa sucumbiendo y se quedaba dormido en un sillón mientras la conversación continuaba a su alrededor. Un hombre sin apetitos. Daba la impresión de que ningún hecho podía alterar su vida, de que no necesitaba nada de lo que el mundo pudiera ofrecerle.

4

Cuando era pequeño me encantaba verlo firmar. No se limitaba a poner el papel delante y escribir sino que, como si demorara de forma inconsciente el momento de la verdad, antes de escribir hacía un floreo preliminar, un movimiento circular a unos centímetros de distancia del papel, como una mosca que zumba en el aire y centra su puntería sobre un lugar exacto. Era una versión similar a la forma de firmar del Norton de Art Carney en The Honeymooners.

Incluso pronunciaba las palabras de una forma algo extraña: «arrrriba», en lugar de simplemente «arriba», como si el florido movimiento de su mano tuviera un símil en su voz. Sonaba de una forma musical y graciosa. Cuando atendía el teléfono lo hacía con un melodioso «holaaa». El efecto no era cómico, sino encantador. Lo hacía parecer un poco loco, como si estuviera fuera de órbita con respecto al resto del mundo, pero no demasiado. Sólo un grado o dos.

Tics indelebles.


La invención de la soledad

 Anagrama, 1972.

viernes, 31 de mayo de 2019

"La importancia de leer", por Paulo Freire


México, 12 de noviembre de 1981.

" La importancia de leer y el proceso de liberación "

Rara ha sido la vez, a lo largo de tantos años de práctica pedagógica, y por lo tanto política, en que me he permitido la tarea de abrir, de inaugurar o de clausurar encuentros o congresos.

Acepté hacerlo ahora, pero de la manera menos formal posible. Acepté venir aquí para hablar un poco de la importancia del acto de leer.

Me parece indispensable, al tratar de hablar de esa importancia, decir algo del momento mismo en que me preparaba para estar aquí hoy; decir algo del proceso en que me inserté mientras iba escribiendo este texto que ahora leo, proceso que implicaba una comprensión crítica del acto de leer, que no se agota en la descodificación pura de la palabra escrita o del lenguaje escrito, sino que se anticipa y se prolonga en la inteligencia del mundo. La lectura del mundo precede a la lectura de la palabra, de ahí que la posterior lectura de ésta no pueda prescindir de la continuidad de la lectura de aquél. Lenguaje y realidad se vinculan dinámicamente. La comprensión del texto a ser alcanzada por su lectura crítica implica la percepción de relaciones entre el texto y el contexto. Al intentar escribir sobre la importancia del acto de leer, me sentí llevado –y hasta con gusto– a “releer” momentos de mi práctica, guardados en la memoria, desde las experiencias más remotas de mi infancia, de mi adolescencia, de mi juventud, en que la importancia del acto de leer se vino constituyendo en mí.

Al ir escribiendo este texto, iba yo “tomando distancia” de los diferentes momentos en que el acto de leer se fue dando en mi experiencia existencial. Primero, la “lectura” del mundo, del pequeño mundo en que me movía; después la lectura de la palabra que no siempre, a lo largo de mi escolarización, fue la lectura de la “palabramundo”.

La vuelta a la infancia distante, buscando la comprensión de mi acto de “leer” el mundo particular en que me movía –y hasta donde no me está traicionando la memoria– me es absolutamente significativa. En este esfuerzo al que me voy entregando, re-creo y re-vivo, en el texto que escribo, la experiencia en el momento en que aún no leía la palabra. Me veo entonces en la casa mediana en que nací en Recife, rodeada de árboles, algunos de ellos como si fueran gente, tal era la intimidad entre nosotros; a su sombra jugaba y en sus ramas más dóciles a mi altura me experimentaba en riesgos menores que me preparaban para riesgos y aventuras mayores. La vieja casa, sus cuartos, su corredor, su sótano, su terraza –el lugar de las flores de mi madre–, la amplia quinta donde se hallaba, todo eso fue mi primer mundo. En él gateé, balbuceé, me erguí, caminé, hablé. En verdad, aquel mundo especial se me daba como el mundo de mi actividad perceptiva, y por eso mismo como el mundo de mis primeras lecturas. Los “textos”, las “palabras”, las “letras” de aquel contexto –en cuya percepción me probaba, y cuanto más lo hacía, más aumentaba la capacidad de percibir– encarnaban una serie de cosas, de objetos, de señales, cuya comprensión yo iba aprendiendo en mi trato con ellos, en mis relaciones mis hermanos mayores y con mis padres.

Los “textos”, las “palabras”, las “letras” de aquel contexto se encarnaban en el canto de los pájaros: el del sanbaçu, el del olka-pro-caminho-quemvem, del bem-te-vi,  el del sabiá; en la danza de las copas de los árboles sopladas por fuertes vientos que anunciaban tempestades, truenos, relámpagos; las aguas de la lluvia jugando a la geografía, inventando lagos, islas, ríos, arroyos. Los “textos”, las “palabras”, las “letras” de aquel contexto se encarnaban también en el silbo del viento, en las nubes del cielo, en sus colores, en sus movimientos; en el color del follaje, en la forma de las hojas, en el aroma de las hojas –de las rosas, de los jazmines–, en la densidad de los árboles, en la cáscara de las frutas. En la tonalidad diferente de colores de una misma fruta en distintos momentos: el verde del mago-espada hinchado, el amarillo verduzco del mismo mango madurando, las pintas negras del mago ya más que maduro. La relación entre esos colores, el desarrollo del fruto, su resistencia a nuestra manipulación y su sabor. Fue en esa época, posiblemente, que yo, haciendo y viendo hacer, aprendí la significación del acto de palpar.

De aquel contexto formaban parte además los animales: los gatos de la familia, su manera mañosa de enroscarse en nuestras piernas, su maullido de súplica o de rabia; Joli, el viejo perro negro de mi padre, su mal humor cada vez que uno de los gatos incautamente se aproximaba demasiado al lugar donde estaba comiendo y que era suyo; “estado de espíritu”, el de Joli en tales momentos, completamente diferente del de cuando casi deportivamente perseguía, acorralaba y mataba a uno de los zorros responsables de la desaparición de las gordas gallinas de mi abuela.

De aquel contexto –el del mi mundo inmediato– formaba parte, por otro lado, el universo del lenguaje de los mayores, expresando sus creencias, sus gustos, sus recelos, sus valores. Todo eso ligado a contextos más amplios que el del mi mundo inmediato y cuya existencia yo no podía ni siquiera sospechar.

En el esfuerzo por retomar la infancia distante, a que ya he hecho referencia, buscando la comprensión de mi acto de leer el mundo particular en que me movía, permítanme repetirlo, re-creo, re-vivo, la experiencia vivida en el momento en que todavía no leía la palabra. Y algo que me parece importante, en el contexto general de que vengo hablando, emerge ahora insinuando su presencia en el cuerpo general de estas reflexiones. Me refiero a mi miedo de las almas en pena cuya presencia entre nosotros era permanente objeto de las conversaciones de los mayores, en el tiempo de mi infancia. Las almas en pena necesitaban de la oscuridad o la semioscuridad para aparecer, con las formas más diversas: gimiendo el dolor de sus culpas, lanzando carcajadas burlonas, pidiendo oraciones o indicando el escondite de ollas. Con todo, posiblemente hasta mis siete años en el barrio de Recife en que nací iluminado por faroles que se perfilaban con cierta dignidad por las calles. Faroles elegantes que, al caer la noche, se “daban” a la vara mágica de quienes los encendían. Yo acostumbraba acompañar, desde el portón de mi casa, de lejos, la figura flaca del “farolero” de mi calle, que venía viniendo, andar cadencioso, vara iluminadora al hombro, de farol en farol, dando luz a la calle. Una luz precaria, más precaria que la que teníamos dentro de la casa. Una luz mucho más tomada por las sombras que iluminadora de ellas. No había mejor clima para travesuras de las almas que aquél. Me acuerdo de las noches en que, envuelto en mi propio miedo, esperaba que el tiempo pasara, que la noche se fuera, que la madrugada semiclareada fuera llegando, trayendo con ella el canto de los pajarillos “amanecedores”.

Mis temores nocturnos terminaron por aguzarme, en las mañanas abiertas, la percepción de un sinnúmero de ruidos que se perdía en la claridad y en la algaraza de los días y resultaban misteriosamente subrayados en el silencio profundo de las noches.

Pero en la medida en que fui penetrando en la intimidad de mi mundo, en que lo percibía mejor y lo “entendía” en la lectura que de él iba haciendo, mis temores iban disminuyendo.

Pero, es importante decirlo, la “lectura” de mi mundo, que siempre fundamental para mí, no hizo de mí sino un niño anticipado en hombre, un racionalista de pantalón corto. La curiosidad del niño no se iba a distorsionar por el simple hecho de ser ejercida, en lo cual fui más ayudado que estorbado por mis padres. Y fue con ellos, precisamente, en cierto momento de esa rica experiencia de comprensión de mi mundo inmediato, sin que esa comprensión significara animadversión por lo que tenía encantadoramente misterioso, que comencé a ser introducido en la lectura de la palabra. El desciframiento de la palabra fluía naturalmente de la “lectura” del mundo particular. No era algo que se estuviera dando supuesto a él. Fui alfabetizado en el suelo de la quinta de mi casa, a la sombra de los mangos, con palabras de mi mundo y no del mundo mayor de mis padres. El suelo mi pizarrón y las ramitas fueron mi gis.

Es por eso por lo que, al llegar a la escuelita particular de Eunice Vasconcelos, cuya desaparición reciente me hirió y me dolió, y a quien rindo ahora un homenaje sentido, ya estaba alfabetizado. Eunice continúo y profundizó el trabajo de mis padres. Con ella, la lectura de la palabra, de la frase, de la oración,  jamás significó una ruptura con la “lectura” del mundo. Con ella, la lectura de la palabra fue la lectura de la “palabra-mundo”. Hace poco tiempo, con profundo emoción, visité la casa donde nací. Pisé el mismo suelo en que me erguí, anduve, corrí, hablé y aprendí a leer. El mismo mundo, el primer mundo que se dio a mi comprensión por la “lectura” que de él fui haciendo. Allí reecontré algunos de los árboles de mi infancia. Los reconocí sin dificultad. Casi abracé los gruesos troncos –aquellos jóvenes troncos de mi infancia. Entonces, una nostalgia que suelo llamar mansa o bien educada, saliendo del suelo, de los árboles, de la casa, me envolvió cuidadosamente. Dejé la casa contento, con la alegría de quien reencuentra personas queridas.

Continuando en ese esfuerzo de “releer” momentos fundamentales de experiencias de ni infancia, de mi adolescencia, de mi juventud, en que la comprensión crítica de la importancia del acto de leer se fue constituyendo en mí a través de su práctica, retomo el tiempo en que, como alumno del llamado curso secundario, me ejercité en la percepción crítica de los textos que leía en clase, con la colaboración, que hasta hoy recuerdo, de mi entonces profesor delengua portuguesa.

No eran, sin embargo, aquellos momentos puros ejercicios de los que resultase un simple darnos cuenta de la existencia de una página escrita delante de nosotros que debía ser cadenciada, mecánica y fastidiosamente “deletrada” en lugar de realmente leída. No eran aquellos momentos “lecciones de lectura” en el sentido tradicional esa expresión. Eran momentos en que los textos se ofrecían a nuestra búsqueda inquieta, incluyendo la del entonces joven profesor José Pessoa. Algún tiempo después, como profesor también de portugués, en mis veinte años, viví intensamente la importancia del acto de leer y de escribir, en el fondo imposibles de dicotomizar, con alumnos de los  primeros años del entonces llamado curso secundario. La conjugación, la sintaxis de concordancia, el problema de la contradicción, la  enciclisis pronominal, yo no reducía nada de eso a tabletas de conocimientos que los estudiantes debían engullir. Todo eso, por el contrario, se proponía a la curiosidad de los alumnos de manera dinámica y viva, en el cuerpo mismo de textos, ya de autores que estudiábamos, ya de ellos mismos, como objetos a desvelar y no como algo parado cuyo perfil yo describiese. Los alumnos no tenían que memorizar mecánicamente la descripción del objeto, sino aprender su significación profunda. Sólo aprendiéndola serían capaces de saber, por eso, de memorizarla, de fijarla. La memorización mecánica de la descripción del objeto no se constituye en conocimiento del objeto. Por eso es que la lectura de un texto, tomado como pura descripción de un objeto y hecha en el sentido de memorizarla, ni es real lectura ni resulta de ella, por lo tanto, el conocimiento de que habla el texto. Creo que mucho de nuestra insistencia, en cuanto a profesores y profesoras, en que los estudiantes “lean”, en un semestre, un sinnúmero de capítulos de libros, reside en la comprensión errónea que a veces tenemos del acto de leer. En mis andanzas por el mundo, no fueron pocas las veces en que los jóvenes estudiantes me hablaron de su lucha con extensas bibliografías que eran mucho más para ser “devoradas” que para ser leídas o estudiadas. Verdaderas “lecciones de lectura” en el sentido más tradicional de esta expresión, a que se hallaban sometidos en nombre de su formación científica y de las que debían rendir cuenta a través del famoso control de lectura. En algunas ocasiones llegué incluso a ver, en relaciones bibliográficas, indicaciones sobre las¡ bpáginas de este o aquel capítulo de tal o cual libro que debían leer: “De la página 15 a la 37”.

La insistencia en la cantidad de lecturas sin el adentramiento debido en los textos a ser comprendidos, y no mecánicamente memorizados, revela una visión mágica de la palabra escrita. Visión que es urgente superar. La misma, aunque encarnada desde otro ángulo, que se encuentra, por ejemplo, en quien escribe, cuando identifica la posible calidad o falta de calidad de su trabajo con la cantidad páginas escritas. Sin embargo, uno de los documentos filosóficos más importantes que disponemos, las Tesis sobre Feuerbach de Marx, ocupan apenas dos páginas y media ...


Parece importante, sin embargo, para evitar una comprensión errónea de lo que estoy afirmando, subrayar que mi crítica al hacer mágica la palabra no significa, de manera alguna, una posición poco responsable de mi parte con relación a la necesidad que tenemos educadores y educandos de leer, siempre y seriamente, de leer los clásicos en tal o cual campo del saber, de adentrarnos en los textos, de crear una disciplina intelectual, sin la cual es posible nuestra práctica en cuanto profesores o estudiantes.

Todavía dentro del momento bastante rico de mi experiencia como profesor dlengua portuguesa, recuerdo, tan vivamente como si fuese de ahora y no de un ayer ya remoto, las veces en que me demoraba en el análisis de un texto de Gilberto Freyre, de Lins do Rego, de Graciliano Ramos, de Jorge Amado. Textos que yo llevaba de mi casa y que iba leyendo con los estudiantes, subrayando aspectos de su sintaxis estrechamiento ligados, con el buen gusto de su lenguaje. A aquellos análisis añadía comentarios sobre las necesarias diferencias entre el portugués de Portugal y el portugués de Brasil.


Vengo tratando de dejar claro, en este trabajo en torno a la importancia del acto de leer –y no es demasiado repetirlo ahora–, que mi esfuerzo fundamental viene siendo el de explicar cómo, en mí, se ha venido destacando esa importancia. Es como si estuviera haciendo la “arqueología” de mi comprensión del complejo acto de leer, a lo largo de mi experiencia existencial. De ahí que haya hablado de momentos de mi infancia, de mi adolescencia, de los comienzos de mi juventud, y termine ahora reviendo, en rasgos generales, algunos de los aspectos centrales de la proposición que hice, hace algunos años en el campo de la alfabetización de adultos.


Inicialmente me parece interesante reafirmar que siempre vi la alfabetización de adultos como un acto político y como un acto de conocimiento, y por eso mismo un acto creador. Para mí sería imposible de comprometerme en un trabajo de memorización mecánica de ba-be-bi-bo-bu, de la-le-li lo-lu. De ahí que tampoco pudiera reducir la alfabetización a la pura enseñanza de la palabra, las sílabas o de las letras. Enseñanza en cuyo proceso el alfabetizador iría “llenando” con sus palabras las cabezas supuestamente “vacías” de los alfabetizandos. Por el contrario, en cuanto acto de conocimiento y acto creador, el proceso de la alfabetización tiene, en el alfabetizando, su sujeto. El hecho de que éste necesite de la ayuda del educador, como ocurre en cualquier acción pedagógica, no significa que la ayuda del educador deba anular su creatividad y su responsabilidad en la creación de su lenguaje escrito y en la lectura de su lenguaje. En realidad, tanto el alfabetizador como el alfabetizando, al tomar, por ejemplo, un objeto, como lo hago ahora con el que tengo entre los dedos, sienten el objeto, perciben el objeto sentido y son capaces de expresar verbalmente el objeto sentido y percibido. Como yo, el analfabeto es capaz de sentir la pluma, de percibir la pluma, de decir la pluma. Yo, sin embargo, soy capaz de no sólo sentir la pluma, sino además de escribir pluma y, en consecuencia, leer pluma. La alfabetización es la creación o el montaje de la expresión escrita de la expresión oral. Ese montaje no lo puede hacer el educador para los educandos, o sobre ellos. Ahí tiene él un momento de su tarea creadora.


Me parece innecesario extenderme más, aquí y ahora, sobre lo que he desarrollado, en diferentes momentos, a propósito de la complejidad de este proceso. A un punto, sin embargo, aludido varias veces en este texto, me gustaría volver, por la significación que tiene para la comprensión crítica del acto de leer y, por consiguiente, para la propuesta de alfabetización a que me he consagrado. Me refiero a que la lectura     del mundo precede siempre a la lectura de la palabra y la lectura de ésta implica la continuidad de la lectura de aquél. En la propuesta a que hacía referencia hace poco, este movimiento del mundo a la palabra y de la palabra al mundo está siempre presente. Movimiento en que la palabra dicha fluye del mundo mismo a través de la lectura que de él hacemos. De alguna manera, sin embargo, podemos ir más lejos y decir que la lectura de la palabra no es sólo precedida por la lectura del mundo sino por cierta forma de “escribirlo” o de “rescribirlo”, es decir de transformarlo a través de nuestra práctica consciente.


Este movimiento dinámico es uno de los aspectos centrales, para mí, del proceso de alfabetización. De ahí que siempre haya insistido en que las palabras con que organizar el programa de alfabetización debían provenir del universo vocabular de los grupos populares, expresando su verdadero lenguaje, sus anhelos, sus inquietudes, sus reivindicaciones, sus sueños. Debían venir cargadas de la significación de su experiencia existencial y no de la experiencia del educador. La investigación de lo que llamaba el universo vocabular nos daba así las palabras del Pueblo, grávidas de mundo. Nos llegaban a través de la lectura del mundo que hacían los grupos populares. Después volvían a ellos, insertas en lo que llamaba y llamo codificaciones, que son representaciones de la realidad.

La palabra ladrillo, por ejemplo, se insertaría en una representación pictórica, la de un grupo de albañiles, por ejemplo, construyendo una casa. Pero, antes de la devolución, en forma escrita, de la palabra oral de los grupos populares, a ellos, para el proceso de su aprehensión y no de su memorización mecánica, solíamos desafiar a los alfabetizandos con un conjunto de situaciones codificadas de cuya descodificación o “lectura” resultaba la percepción crítica de lo que es la cultura, por la comprensión de la práctica o del trabajo humano, transformador del mundo, En el fondo, ese conjunto de representaciones de situaciones concretas posibilitaba a los grupos populares una “lectura” de la “lectura” anterior del mundo, antes de la lectura de la palabra.  Esta “lectura” más crítica de la “lectura” anterior menos crítica del mundo permitía a los grupos populares, a veces en posición fatalista frente a las injusticias, una comprensión diferente de su indigencia.


Es en este sentido que la lectura crítica de la realidad, dándose en un proceso de alfabetización o no, y asociada sobre todo a ciertas prácticas claramente políticas de movilización y de organización, puede constituirse en un instrumento para lo que Gramsci llamaría acción contrahegemónica.


Concluyendo estas reflexiones en torno a la importancia del acto de leer, que implica siempre percepción crítica, interpretación y “reescritura” de lo leído, quisiera decir que, después de vacilar un poco, resolví adoptar el procedimiento que he utilizado en el tratamiento del tema, en consonancia con mi forma de ser y con lo que puedo hacer.


Finalmente, quiero felicitar a quienes idearon y organizaron este congreso. Nunca, posiblemente, hemos necesitado tanto de encuentros como éste, como ahora.